sábado, 3 de septiembre de 2016

La palabra interior



Una persona que recoge mariscos en la playa, cuando realiza su actividad posee un lenguaje interior: puede pensar que su trabajo no tiene sentido o puede colocar esa actividad en un horizonte superior, puede ver detrás de los mariscos a su familia y a la sociedad, y puede hacer la recolección: bien, con cariño, bellamente, llenándola de riqueza y de sentido. Y este lenguaje interior se desbordará en la conversación con sus amigos. La palabra interior de un pescador puede ser riquísima, puede tener una densidad tremenda. La superficialidad en las conversaciones solamente se constituye por una falta de hondura en el horizonte de las verdades eternas, no por el ejercicio de una actividad determinada. Porque toda actividad auténticamente humana, incluso la más práctica, posee una dimensión contemplativa, la capacidad para realizarla en referencia a la vida de otros seres personales.

*El cuadro es de Joaquín Sorolla y se titula "Pescadores valencianos". La idea de la palabra interior la extraje de una clase con Antonio Amado en el seminario "Metafísica de la amistad". Donde dice "pescador", léase: ama de casa, barrendero, recogedor de basura, futbolista, banquero, conductor de micros... Acerca de la palabra interior, ya hablaré con más extensión más adelante...

sábado, 9 de julio de 2016

Homenaje a Flannery O'Connor



El otoño con algo de profeta
rabioso y algo de emperador degenerado
prendió fuego a la ciudad.
Pero el incendio duró
apenas unas miradas eternas,
todo lo que alcanza en alzarse
y caer: un huracán ingrávido
de mariposas, loicas y bengalas.
Del huracán solo quedaron ascuas,
añicos que se aplastan y se barren
bajo las ramas que agrietan el cielo
sobre una tierra escarchada de estrellas.
Mas siempre vuelve este anárquico puntual
a dinamitar todas las esquinas
con su heráldica de azul y de oro,
su aire carnavalesco,
sus reacciones químicas,
su hojarasca de pájaros,
donde late su sangre,
su sangre, sangre sabia

Alejandro González Degetau

viernes, 29 de abril de 2016

Correo de Alemania



(Variación de un tema de Miguel d'Ors)


Me ha llegado tu carta: largos besos
desde esas tierras lejanas. Y con ella
cuántos momentos nuestros. Te imagino escribiéndola
al pie de un haya roja o un abedul blanco
libre del ruido del
                                               Untergrundbahn
frente a aquellas estampas tirolesas:
castillos, motañas y lagos de nuestra infancia
—y eran la Tierra Media y la Novicia Rebelde—.
Si fue por la mañana, alguna mariposa
blanca, cruzaría sobre alguno
de estos «siempre conmigo» o «ya muy pronto»
con esa letra redondeada y perfecta en la que ahora
mis ojos, no sé cómo, oyen tu voz.
Después habrás bajado —el cielo de pronto
asediado de nubes— el sendero
de robledales (y aún en ti se oyen los tambores y trompetas
y, a intervalos, recias pisadas de hobbit),
Pronto, habrás tocado el asfalto
       moteado de gotas grises
para esperar el tren que te llevará a casa
A las orillas, en algunos campos
hay gente trabajando. Sonríes y saludas
con la cálida nieve roja de tus mejillas,
alguno te interpela con alegría, y tú te defiendes
con algún comentario meteorológico
¡este clima loco de Colonia! -conozco bien tu estilo-.
El granizo ya golpea la ventanilla del expreso
"deben cambiarse ya, pronto llegaremos a la estación"
y por fin, llegas nueve y tres cuartos al buzón, en cuyas fauces
dejas —adiós— la carta.
                        De regreso
el paisaje de siempre te parece más claro,
todo en ti va diciendo
que el tiempo es delicioso, y qué agradable
paseo. Y vas subiendo de vuelta hacia tus cosas,
-tus amigas y libros y guitarras-
soñando dónde y cómo abriré yo la carta,
en qué rincón me sentaré a leerla,
qué música de fondo le habré puesto,
qué clase de sonrisa dibujará en mi cara,
cómo sueño que sueñas que te sueño...

Gracias, hermana, por no querer e-mail.

sábado, 26 de marzo de 2016

Calvino & Salinger & Supertramp


Hace poco, vi una película con una música y una fotografía espectaculares llamada Into the wild. Mientras gozaba con la voz de Eddie Vedder y los fabulosos paisajes de Alaska, no pude evitar hacer ciertas relaciones con dos grandísimas novelas: El barón rampante y The catcher in the rye.

¿Qué tienen en común Cósimo Piovasco, Holden Caulfield y Christopher McCandless? Claramente, a los tres los une un fuerte sentimiento de rebeldía contra el orden establecido: la rígida disciplina familiar (Cósimo), la educación escolar (Caulfield) y la sociedad exitista (McCandless). Como respuesta a esto, deciden escapar, y cada uno encuentra refugio, ya sea trepando toda la vida encima de los árboles, errando por las calles de Nueva York o recorriendo la belleza sobrecogedora de Alaska.

Hasta aquí, nada significativamente especial. La juventud resulta el marco natural para la protesta, los ideales y los granos. Entonces, ¿cuál es el detalle sugerente? La lectura. Curiosamente, los tres son grandes lectores.

Cósimo devora libros bajo la luz tamizada por el follaje, e incluso, le contagia esta pasión al ladrón Gian de Brughi, aburrido mortalmente en su guarida. Cuando capturaron al ladrón (por culpa de los libros, dicho sea de paso), Cósimo continuó visitándolo para leerle sus novelas favoritas hasta el día de su ejecución.

Holden detesta el colegio y ha sido expulsado de varios, pero eso no contradice su condición de lector empedernido. Entre sus constantes diatribas adolescénticas contra profesores, compañeros y mundo, uno puede escucharlo decir joyas como esta: "Los libros que de verdad me gustan son esos que cuando acabas de leerlos piensas que ojalá el autor fuera muy amigo tuyo para poder llamarle por teléfono cuando quisieras". Y quizá uno de mis pasajes predilectos, lo constituye la descripción que hace Holden del guante de béisbol de su hermano Allie; un guante emborronado de versos con tinta verde, para poder leerlos y recitarlos mientras está inactivo en el campo de juego.

Y por último, es sabido que Christopher McCandless fue poderosamente influenciado por autores como: Jack London, León Tolstoi, Henry David Thoreau...,  cuya lectura lo impulsó, finalmente, a quemar los dólares y el estilo de su antigua vida e internarse "hacia rutas salvajes".

Todo lo cual nos lleva a sugerir que, contrario al tópico vulgar, no existe algo así como "un ratón de biblioteca", en sentido estricto. Es más, si se tuviera que comparar a un lector apasionado con un ratón, este sería, sin duda, Reepicheep, el valeroso y noble roedor de Narnia. Incluso, vemos cómo don Alonso Quijano, paradigma de los lectores voraces, no se queda tímidamente en su biblioteca, sino que se lanza a la aventura más maravillosa que haya presenciado la literatura castellana.

Ya lo clavó de modo magnífico EG-M con unos versos:

De qué te quejas, dime, si los libros
te empujan a la calle, si son ellos
los que te llenan la cabeza
de compasión, el corazón de ideas,
el alma de latidos y las horas
de imprevistos, de amigos, de imposibles.

Por eso, resulta lógico que la gran literatura sea amiga de la rebeldía, pues hace insoportables la fealdad, la estupidez y el ruido. Así, si nos rebelamos contra la suciedad de la contaminación, descubrimos que, antes, Cósimo nos enseñó los nombres de todos los árboles y su inefable belleza. Si nos rebelamos contra la vulgaridad de los graffittis, nos sentimos hermanos de Holden y hermanos de su tierna indignación ante el insulto grabado en la pared del colegio de su hermana. Si nos rebelamos contra el exitismo reinante, buscamos un escape con Christopher, en cualquier tipo de contemplación estética.

Por eso, la literatura y la rebeldía van de la mano, porque no se conforman con una realidad tantas veces mediocre y embrutecedora.


NB 1: Llama la atención la presencia de Biaggo y Carine (en la película Into the wild), quienes narran la historia de sus hermanos Cósimo y Christopher. Y, no puedo dejar de mencionar a Phoebe, la hermana de Holden, en un fugaz homenaje, pues, a mi juicio, constituye uno de los personajes secundarios más conmovedores de la historia de la literatura. 

NB 2: Por supuesto que la teoría del lector como rebelde y viajero por naturaleza, no se ajusta por entero a dos enormes lectores latinoamericanos, a saber: Jorge Luis Borges y Nicolás Gómez Dávila, pero... ¿qué le vamos a hacer!


miércoles, 20 de enero de 2016

Haikus de verano

Lo bello es audaz:
una flor al borde de
la catarata

La orquesta
entre abanicos de plata:
regadores y grillos

Constelación
en negativo:
moscas en la ventana

El niño caza
tigres, dragones...
Avispas y libélulas

Alejandro González Degetau

sábado, 9 de enero de 2016

Mis manos

No tengo dedos para el piano,
ni, al parecer, para ninguna cosa
que valga la pena.
Nunca pude construir ni la repisa
más sencilla, ni hacer un nudo
medianamente aceptable.
Mis manos no están hechas
para el calor de la madera,
la nobleza de la piedra
o el fulgor del metal.
No las culpo. Son manos torpes.
De poeta (o ni siquiera).
Hasta hoy, siempre las había mirado
con tierna resignación. Pero ahora,
las juzgo sin piedad y las poso
en el banquillo. Por mucho que aleguen
razones de tiempo, espacio, genio y lengua,
han cometido un crimen espantoso:
no haber escrito Retorno a Brideshead,
la mejor novela del siglo XX,
y en lugar de eso, haber perpetrado líneas
como éstas.

La Literatura las encuentra culpables
y las condena sin compasión. Pero,
el castigo del fuego resulta demasiado
breve, honorable incluso, para estas manos.
No. Lo que estas manos merecen
es una cadena perpetua, un suplicio incesante:

Más de cien inviernos sin guantes
y en cada puerta: un apretón de dedos

hasta en la misma tapa del ataúd.

He dicho.


Alejandro González Degetau

viernes, 8 de enero de 2016

Las mejores lecturas del 2015

Ya lo dijo Octavio Paz, en El arco y la lira: "el tiempo del poeta es vivir al día". Pero este mendigo de los versos, vive atrasado más de una semana, pues viene a recomendar los mejores libros del 2015, habiendo ya estrenado el 2016. Pero, bueno...


Poesía

2001 Poesías escogidas... Miguel d'Ors
La Divina Comedia... Dante Alighieri
El cantar de Roldán... Anónimo
Deseo... Adam Zagajewski
Poesía... Czeslaw Milosz
Rama desnuda... Andrés Trapiello

Novela

El poder y la gloria... Graham Greene
Señora de rojo sobre fondo gris... Miguel Delibes
El mudejarillo... José Jiménez Lozano
Retrato de una dama... Henry James
Rosaura a las diez... Marco Deveni
El Napoleón de Notting Hill... G.K. Chesterton
La última en el cadalso... Gertrude von Le Fort
El vizconde demediado... Italo Calvino
Maestro Huidobro... José Jiménez Lozano
El camino... Miguel Delibes
El despertar de la señorita Prim... Natalia Sanmartin
La Feria de las Vanidades... William Thackeray

Teatro, ensayo, cuento...

Seis personajes en busca de autor... Luigi Pirandello
Pegar la hebra... Miguel Delibes
El arco y la lira... Octavio Paz
Cuentos... Flannery O' Connor
De ida y vuelta... Enrique García-Máiquez
Conversaciones con José Miguel Ibáñez Langlois
Introducción a la literatura... José Miguel Ibáñez
El pensamiento cautivo...Czeslaw Milosz

Filosofía

De amicitia... Cicerón
La consolación de la filosofía... Boecio
Sobre la brevedad de la vida, el ocio y la felicidad... Séneca
Meditaciones... Marco Aurelio
Contra los académicos... San Agustín
De beata vita... San Agustín
Soliloquia... San Agustín
De ordine... San Agustín
Protréptico... Aristóteles
El amor a la sabiduría... Etienne Gilson
Historia de la filosofía medieval... Etienne Gilson
Ion... Platón


lunes, 7 de diciembre de 2015

El oxígeno de los libros

Salir de exámenes y leer Pegar la hebra fue todo uno. Tal como quería su autor, no se trató de una envarada lectura de artículos, sino de una amena conversación acerca de temas muy variados: literatura, fútbol, cine, caza, cocina... Y descubrí con emoción que compartía muchos puntos de vista con mi interlocutor, por ejemplo: el juicio acerca de los comentaristas de fútbol, la náusea ante el aborto, el homenaje agradecido a José Jiménez Lozano...

Sin embargo, la identificación con Miguel Delibes se volvió plena cuando me repitió las palabras pronunciadas en su acto de investidura como Doctor Honoris Causa de la Universidad de El Sarre. En esa ocasión, contó cómo sus lecturas de infancia venían orientadas por un guía inusual: la naturaleza. Y aquí relumbra la joya:

"Yo seleccionaba mis lecturas por la cantidad de oxígeno que encerraban, y catalogaba mi biblioteca adolescente no por materias o autores, como suele ser habitual, sino bien por su escenario: libros de ciudad y libros de campo; bien por el número de sus pobladores: libros de multitudes o libros de solitarios".

¡Bravo! ¡Qué criterio de clasificación más diáfano y sugerente! Al leerlo, inevitablemente, me despeiné con los recuerdos de mis propias lecturas de infancia: ráfagas marinas con Verne y Salgari, la atmósfera pura de Enid Blyton, el aire mágico de los terrenos de Howarts, algunas ventiscas conspiradoras en los Pardaillan, la brisa serena de una playa gallega...

Algunos años después, respiré dos escenas rebosantes de oxígeno y felicidad. La segunda tuvo lugar en el Canto II del Purgatorio de Dante, cuando relució ante mi ojos la llegada del ángel barquero henchida de aire y de luz, sobre unas aguas que imaginé como la "diamantería de olas soleadas" que cantó Juan Ramón. La primera escena la he releído una y otra vez, y resulta, quizá, el mejor comienzo de, posiblemente, la mejor novela de Chesterton: Manalive. El capítulo es estremecido por la maravillosa irrupción de un vendaval sorprendente, y refrescante, que levanta papeles a su paso, apaga la vela con la que un niño leía La isla del tesoro, llena de aire las camisas tendidas al sol... una ráfaga emocionante que sacude las vidas mediocres de los habitantes londinenses, un viento bueno que no daña a nadie, como una ola de loca felicidad.

Tampoco me resisto a colgar esta bocanada de aire fresco que compuso Mario Quintana:

EMERGENCIA

Quien escribe un poema, abre una ventana.
Respira, tú que estás en una celda
sofocante
todo el aire que entra…
Para eso los poemas tienen ritmo:
para que puedas respirar profundamente.

Quien escribe un poema, salva a un ahogado.

Finalmente, exhalando las últimas consideraciones aéreas, dejo un par de líneas de una novela que leí hace poco y de la que prometo hablar próximamente:

"También estaba lo del aire. La señorita Prim ahora necesitaba aire. Necesitaba sentirlo en la cara al caminar, necesitaba olerlo y respirarlo. A veces se descubría pensando en cuánto tiempo había vivido sin necesidad de aire."

martes, 6 de octubre de 2015

Tan súbita y ráfaga y fresca


Un secreto a voces: llegó
la primavera
súbita, diáfana    almendro en flor
ráfaga desmelenada   niñas en bicicleta
fresco caudal de golondrinas
escandalosa algarabía de jilgueros
tintineo de gorriones  limosna del Cielo
Revolución de octubre que se toma
calles y pulmones revolución de claveles
castaños robles margaritas azucenas
banderas henchidas de fragancia
estreno de colores imposibles
las primeras hojas del mundo
los mejores conciertos     estallan
en sus ramas

Pero ellos
no escucharon no la vieron
tenían cemento en los oídos
mirar de pantalla fluorescente
y un taladro brutal en el alma

...y siguieron por su túnel mudo
hacia la ceniza

Eso es la mediocridad:

estar en la primera fila de la rompiente
de belleza y no darse cuenta

de la entrada airosa irresistible teatral
de la primavera
Alejandro González Degetau

domingo, 4 de octubre de 2015

Antonio Vivaldi esperando en una estación de trenes


Verano descalzo moreno azul
velero guitarra grillos estrellas
Otoño charcos trenes versos
hojas lluvia viento oro
Invierno bufanda novela
silencio escarcha fuego
Primavera pájaros flores
ramas zumbidos agua

Todos los años cada estación
espera pacientemente en fila
con su equipaje de música
y asombro
a recibir la mirada
de un niño
un poeta
y ser nueva
de nuevo